Concierto de Navidad de Musika Eskola, Amorebieta-Etxano Foto: Garikoitz Etxeandia

Concierto de Navidad de Musika Eskola, Amorebieta-Etxano
Foto: Garikoitz Etxeandia

 

Amorebieta-Etxano es un municipio cercano a Bilbao que roza los 19.000 habitantes. Cuando uno llega por vez primera al pueblo resultan llamativas varias cosas: la primera, que el ciudadano es el eje de la vida en la localidad. No hay semáforos en todo el término municipal, y no los hay porque los coches paran en los pasos de cebra. Suena como un relato imaginario, pero sin embargo es cierto. Cuando vine a vivir a Amorebieta recordé que el agente especial Dale Cooper, protagonista de “Twin Peaks”, susurraba a su grabadora que aquel pueblo le daba gran sensación de calidad de vida, porque el ámbar del semáforo significaba frena, y no acelera, que es lo que sucede en las grandes urbes. Dale Cooper hubiera colapsado en este pueblo sin semáforos y tradicionalmente vinculado, como el de la serie de televisión norteamericana, con la explotación de la madera y su transformación.

En Amorebieta-Etxano abundan también las zonas peatonales, y es un pueblo en el que niños y niñas corren y juegan en las calles con un grado de libertad muy notable, porque los vehículos son uno de los principales enemigos de la infancia, compitiendo con metálica desigualdad por ganar las mismas arterias. En Amorebieta la infancia puede correr hasta cansarse en el centro del pueblo, que es decir mucho, de una forma razonablemente segura y vigilada. Algunos de los niños y niñas que juegan libres además aprenden música y cantan.

De Amorebieta se conoce también la polémica escultura de Andrés Nagel conocida como “la patata”, un bronce de ocho metros que a mí me encanta puesto ahí, en el centro de todo, libérrimo, recogiendo como un gran radar todo cuanto acontece en el pueblo para devólverselo al pueblo sin mácula, sin manipulación ideológica, respetuosamente: sin querer significar nada. Es la bendita antítesis de una estatua ecuestre. La patata es sabia, paciente y fea. Buena gente.

Amorebieta tiene también excelentes equipamientos deportivos y culturales, entre ellos un teatro que ofrece gran actividad, varias masas corales y, cómo no, bastantes txokos gastronómicos. También en el radio de diez o quince minutos de coche tiene Amorebieta excelentes restaurantes: Azurmendi, con tres estrellas Michelin, Boroa (una estrella), Etxebarri (otra estrella, y para muchos –por ejemplo para mi- uno de los mejores asadores del mundo), Andra Mari (también con su estrella), el tradicional El Cojo y otros varios… Es, en fin, un pueblo con excelentes prestaciones y muy avanzado en políticas sociales en el que vivir es fácil, caro y placentero. También es un pueblo de cuadrillas, uno de esos pueblos vascos en los que eres recibido y acogido con la misma sencillez y naturalidad con la que todo te indica que morirás siendo uno de fuera, así pasen cien años. Pero no es un mal estatus: ser de fuera en un pueblo es ser, forzosamente, ciudadano del mundo.

La escuela municipal de música, en euskera y popularmente Musika Eskola, llamada oficialmente Zubiaur, es la infraestructura en la que los niños y niñas del pueblo toman contacto con la música y van adentrándose en ella. Y el pasado viernes, día 19 de diciembre, Musika Eskola organizaba su concierto anual de Navidad en el teatro municipal, con mucho público amable en las localidades. Fue un concierto del que aprender mucho, y en el que olvidarse también de algunas cosas. Lo protagonizaban los profesores y profesoras de Zubiaur, y al final cantaban también los niños y niñas del coro. Para mi representó el inmenso placer de encontrarme frente a frente con una música distinta de la que habitualmente escucho, tan exigente y exquisita, tan envarada y lejana, porque en el escenario del teatro de Amorebieta se sumaban muy buenos músicos, una producción estupenda en términos de espectáculo, preciosos niños y niñas que cantaban muy, muy bien e incluso algunos vecinos rockeros con sus chupas de cuero y sus gafas bien negras, honrando a sus clásicos a pleno pulmón.

Dicen que quien rompe un juguete para entender cómo funciona ha abandonado el camino de la sabiduría. Escuchar el concierto de Musika Eskola era recorrer el proceso inverso, era como ir recomponiendo poco a poco el camión olvidado en el trastero hasta hacerlo funcionar de nuevo; devolvía a su marco los cristales caídos y rotos; volvía a situar en su lugar la fascinación de los sonidos de la propia infancia, desplegando un poder cálido, humilde y subyugante: porque en el escenario todos transmitían que la música es ante todo el placer de hacer música, de apreciarse como una suma de amigos que aportan su ritmo, su sonido y sus ganas. Qué gran ejercicio coral, cuántas sonrisas. Qué bonito y qué bien sonaba, y cómo arrinconaba siquiera por una noche esa escucha en vigilia y acecho que nos es tan común a los melómanos, cuando gozamos de la punta del iceberg y olvidamos que la música nace, pletórica y gozosa, de academias y conservatorios y escuelas y reuniones de amigos. La del viernes en Amorebieta fue gran música de cámara.

He hablado al comienzo en buenos términos del pueblo en el que vivo. No es el mío, pero es mi pueblo, así que quiero añadir algo más. En Amorebieta-Etxano, en pleno vendaval financiero, la cultura se ha mantenido como prioridad. Eso me hace sentir orgulloso de vivir aquí y de pagar aquí mis impuestos. Mis dos hijos estudian en Musika Eskola, y el viernes fui acompañado por el mayor, que ha comenzado a estudiar clarinete. Y le dije: “¿ves? La música se estudia para poder gozar así”. Y él me entendió perfectamente. Pero al decírselo también me lo recordaba a mí mismo. Y estoy casi seguro de haberlo entendido.