Notas al programa del XIV Concierto Homenaje a Alfredo Kraus, escritas para AMAK.

 

Prokofiev. Foto: http://www.naitimp3.ru

Prokofiev. Foto: http://www.naitimp3.ru

 

Rusia: una evocación de fríos extremos, campesinos y condesas, sirgadores y popes, esmeraldas y hambrunas. Un imperio complejo, orgulloso hasta la arrogancia, feroz para defenderse y voraz para atacar. Un enorme país, envuelto en un cierto velo de exotismo y aislamiento, pero con firmes y tradicionales vínculos con la cultura europea más sofisticada, entre ellos la música.

En los años treinta del siglo XX, Rusia era gobernada por Iósif Stalin con una firmeza criminal, mientras proyectaba hacia el exterior una elaborada imagen de fértil utopía, capaz de atraer e incuso subyugar a algunas brillantes mentes occidentales de aquellos años. Stalin tenía en común con otros dictadores del periodo la visión de la propaganda como una clave de gran importancia para materializar sus criminales objetivos.  Leni Riefenstahl había filmado en 1934 la apoteosis nazi en Nuremberg en “El triunfo de la voluntad”, con música de Richard Wagner y Herbert Windt, uno de los más prolíficos y dotados compositores de bandas sonoras del Tercer Reich (pero no un nazi). En Italia, Mussolini había creado en 1934 la Copa Mussolini a los mejores filmes italiano y extranjero en el Festival de Cine de Venecia, y en 1936 había fundado Cinecittà. Stalin también amaba el cine, y su capacidad como herramienta propagandística no le pasaba desapercibida en absoluto. El zar rojo percibió que el surgimiento de una poderosa enemiga en las proximidades de sus fronteras occidentales, la Alemania nazi, requería la creación de un gran filme propagandístico que recuperara y reafirmara algunos mitos rusos, entre ellos el de su imbatibilidad militar. Aunque celoso de todo culto al líder que no le tuviera a él como exclusivo destinatario, Stalin de hecho se ocupó del príncipe Nevsky en al menos cuatro fases del entorno de la Gran Guerra: primero para impulsar la película “Alexander Nevsky” cuando Alemania era un adversario declarado y temible; después para ocultarla, cuando pactó con los nazis un vergonzante acuerdo de no agresión; más tarde proyectando intensivamente la película en todos los rincones de Rusia, para enervar a su pueblo en la lucha contra las naciones invasoras. Finalmente instituyó una condecoración militar con el nombre del príncipe de Nóvgorod.

El régimen puso al servicio de “Alexander Nevsky” los mejores recursos de los que disponía, entre ellos a Eisenstein y Prokofiev. El resultado fue extraordinario desde cualquier punto de vista, y resultó ejemplar –un hito- como simbiosis entre la narración visual y el discurso musical. Prokofiev no tardó en reducir su extensa y maravillosa partitura a la Cantata que hoy se escucha en Bilbao, en siete movimientos, que exigen de orquesta y coros una gran flexibilidad: cuentan la desolación y la esperanza, la humildad casi monástica de los campesinos rusos y la arrogancia criminal de los teutones, la alegría de la victoria y el insondable dolor de tantas vidas perdidas en la defensa del país violentado. Ritmos, tonalidades e instrumentación varían vertiginosamente y oscilan entre la evocación del tradicional canto ortodoxo y la agresiva cacofonía de la batalla sobre el hielo. La Cantata es, transcurridos ya 75 años de su estreno, una de las más grandes aportaciones al repertorio sinfónico coral del S. XX, e incorpora además una canción comprometida y maravillosa para mezzo y orquesta, “El campo de la muerte”, que proyecta su denso y desolador lamento sobre cada uno de los millones de muertos que han alfombrado el mundo desde el lejano S. XIII hasta hoy, especialmente en la propia SGM, que apenas unas semanas después del estreno de la Cantata arrasaría con la vida de millones de inocentes.

Tchaikovsky, retratado por Emilie Bieber, fundadora del "Daguerreotypie Atelier und Photographisches Institut" de Hamburgo

Tchaikovsky, retratado por Emilie Bieber, fundadora del “Daguerreotypie Atelier und Photographisches Institut” de Hamburgo

 

Si “Alexander Nevsky” fluía desde la cúspide del poder hacia el pueblo como un mandato, la “Cantata Moscow” sigue en teoría la senda opuesta, como si cada habitante de cada rincón del imperio ruso rindiera pleitesía al nuevo ungido de la dinastía Romanov a través de la poesía y la música, a modo de glorificación. Tchaikovsky ya había trabajado para Alexander III cuando contrajo matrimonio, siendo todavía Gran Duque, con la princesa María Dagmar de Dinamarca, futura tsarina. La llamada “Obertura danesa”, compuesta en 1866, se interpretó durante los fastos nupciales. Después, en diciembre de 1882, Tchaikovsky recibió del comité organizador de la coronación del nuevo zar las primeras noticias sobre la posibilidad de componer una marcha (la futura “Marcha de la Coronación”) y una cantata (“Moscow”) para la inminente proclamación como majestad imperial de su admirador y protector Alexander III. La “Cantata Moscow” tiene por tanto en común con “Alexander Nevsky” ser un encargo de Estado, y como la obra de Prokofiev contó con los mejores medios, en este caso el trabajo en los textos del más conocido poeta del movimiento neoclásico ruso, Apolón Máikov, traductor al ruso moderno del anónimo eslavo del S. XII “Cantar de las huestes de Ígor”, una de las fuentes de la ópera de Borodin “El Príncipe Igor”.

La “Cantata Moscow” fue encargada formalmente a Tchaikovsky en marzo de 1883, y debía estar finalizada y entregada en San Petersburgo a finales de abril. El compositor trabajó intensamente en la Cantata y la Marcha, y “Moscow” estaba completada y en camino hacia San Petersburgo en la primera semana de abril, apoyada en unos textos que sirvieron cómodamente a su cometido. La obra, muy poco interpretada, muestra el característico tratamiento de la instrumentación del Tchaikovsky más maduro y se sustenta en cantos tradicionales y de la liturgia ortodoxa rusa, con bellísimos pasajes de las cuerdas, coros que evolucionan desde el recogimiento a la plena elocuencia, exigentes pasajes para el barítono y un movimiento, el segundo, que exhibe una belleza extraordinaria y precisa de una mezzo capaz y adecuada y de un exquisito trabajo de equilibrio con las cuerdas.

“Moscow” fue interpretada en la época soviética con textos adaptados por el poeta y libretista Aleksey Mashistov, quien borró de la cantata las referencias a los zares y la religión. Paradojas de la historia, el propio Mashistov hubo de eliminar posteriormente loas a Stalin en obras de Prokofiev, cuando Rusia se sumergió en la era de poder de Nikita Jrushchov. Dos cantatas, sí, pero en ellas todas las Rusias.

 

© Joseba Lopezortega Aguirre, Bilbao, 2014