Foto: ismaelmolinablog.wordpress.com

 

[Leo hoy que la industria del azúcar lleva años manipulando la ciencia. Yo creo que la industria del fútbol lleva años manipulando el deporte.]

Llegas al campo y les ves: llenos de energía y apasionados. Entrenan, se esfuerzan, tratan de aprender. Son los pequeños futbolistas. Las botas, las de sus ídolos. Las camisetas, las de sus ídolos. Bien pertrechados, con plumíferos para esas mañanas de partido en las que el cielo amenaza lluvia. Y sus familias entregadas, si hay que madrugar se madruga.

En esos campos del Señor los jóvenes futbolistas que meten goles los celebran: los gestos, los de sus ídolos. Dedican sus goles a sus padres, miran al cielo como si allí les esperara alguien, hacen el avión. Se les permite y se les aplaude. Son ídolos por un instante, pequeños héroes.

Lejos del campo, en el colegio, un niño hace algo que los demás no, pongamos como ejemplo que saca un diez en un examen que el resto aprueba raspado o bien suspende. Pobre diablo, que no lo celebre o será un chulo, un creido.

Niño: sólo se admite ir bien de cabeza a la salida de un córner. Grábatelo.