Josep Carreras y Sabina Puértolas en "El Juez" Foto: @ Enrique Moreno Esquibel

Josep Carreras y Sabina Puértolas en «El Juez»
Foto: @ Enrique Moreno Esquibel

 

Crítica publicada en http://www.mundoclasico.com  el 12 de mayo de 2014

Bilbao, 02/05/2014. Teatro Arriaga. El Juez (Los niños perdidos). Opera en cuatro actos. Estreno mundial. Libreto de Angelika Messner. Música: Christian Kolonovits. Nueva Producción del Teatro Arriaga y Kupfer Kultur & Media Viena. Dirección de escena: Emilio Sagi. Escenografía: Daniel Bianco. Figurinista: Pepa Ojanguren. Iluminación: Eduardo Bravo. Ayudante de dirección escénica: Javier Ulacia. Maestra repetidora: Husan Park. Realización de escenografía: NEO Producciones, Realización del vestuario: Peppispoo, Editorial: Sotto Voce Edition, Viena. Reparto: Josep Carreras (El Juez), José Luis Sola (Alberto), Sabina Puértolas (Paula), Carlo Colombara (Morales), Ana Ibarra (Abadesa), María José Suárez (1ª monja/María), Itziar de Unda ( 2ª monja), Manel Esteve (Paco, cameraman), Alberto Núñez ( Hombre 1), Giorgi Meladze (Hombre 2), José Manuel Díaz (Hombre 3), Mikel Zabala (Hombre 4), Milagros Martín (Mujer mayor), Laia de la Fuente (Figuración, niña), Coro Rossini (Gerardo Carbajo), Kantika Korala (Basilio Astúlez), BIOS Orkestra. Dirección musical: David Giménez. Aforo: 1500. Asistencia: virtualmente lleno.

Este medio ya ha dedicado una crítica a éste estreno, y escrita por alguien, Ainhoa Uría, que tuvo a bien decirme “bienvenido a Mundoclásico” hace sólo unos meses, antes de publicar yo mi primera colaboración aquí; de modo que con el permiso de los editores, con quienes previamente me había comprometido, y con toda mi simpatía hacia Ainhoa Uría y el máximo respeto hacia los criterios por ella expuestos, voy a evitar escribir una segunda crítica para, en cambio, intentar transmitir y razonar algunas de las sensaciones que experimenté en la tercera y última de las funciones de “El Juez (Los niños perdidos)”, coincidentes algunas con sus opiniones y las de otros especialistas, y espero que distintas y enriquecedoras en otros aspectos.

La primera gran coincidencia es la emoción de ver a Carreras en escena. Cuando se le descubre allí, sentado junto a una lámpara tras el primer plano del coro, la sensación es fantástica y casi maravillosa, máxime en Bilbao, ciudad de indudable e histórica tradición y de cierto peso relativo en el mundo de la lírica pero con la que, si no me equivoco, el tenor no mantenía en absoluto una relación especial, y en la que de hecho no cantaba desde 1981 en la temporada de ABAO. Sea cual sea la razón, bien la habilidad del Arriaga para captar este estreno, bien la adecuada penumbra y el justo grado de visibilidad que le ofrecía la plaza al otrora maravilloso cantante para testarse, hay que felicitar al Arriaga por saber sumar el estreno de “El Juez” a su larga trayectoria de destacada actividad teatral y musical en más de 130 años de presencia en el corazón cultural de la Villa. “El Juez” no es algo esporádico, ni tampoco casual. Este mismo año “Il Mondo della Luna” (con Jesús López Cobos y dirección de escena del propio Emilio Sagi, producción de Teatro Arriaga y la Ópera de Montecarlo) recibía el premio Campoamor a la “mejor nueva producción” de 2013. El estreno de “El Juez” demuestra por tanto la vigencia y actividad de un músculo productor notable en el histórico teatro de la pequeña ciudad del Nervión; siguiendo el curso de la ría, hacia su desembocadura, y a la espera del resultado de “Turandot” como último título de la 2013/2014, ABAO ha ofrecido en el Euskalduna una temporada de indiscutible dignidad, con algunos títulos francamente destacables, al mismo tiempo que anunciaba su repliegue ante las embestidas de la coyuntura económica. Esos son los hechos. Para la reflexión, que los momentos álgidos en el plano mediático y en el entusiasmo del público hayan sucedido en torno a dos históricos radicalmente incomparables, pero en todo caso lejos de lo mejor de sus trayectorias: Josep Carreras como el juez Federico Ribas y Leo Nucci como Rigoletto.

Codalario ofrecía estos días un titular para enmarcar de una entrevista con Nucci, en la que el barítono decía: “Soy un milagro”. La postura de Carreras en el escenario, y sospecho que en la vida, es algo más sensata: se sabe perfectamente efímero y mortal, y es respetuoso, humilde y cauto; presta permanente atención a la destacable labor del maestro David Giménez y no manipula su papel ni su nombre de estrella en beneficio de su propia gloria, sino en beneficio de la función. Su voz obviamente no es la que era, y todo en “El Juez” se ha elaborado dócilmente para que le sea adecuado y abordable, como es por otro lado lógico. Pero, ante todo, se le entendía maravillosamente cada una de sus frases sin recurrir a los subtítulos; allí estaban, reconocibles, muchos rasgos de su excepcional calidad pasada, y allí estaba sabiamente situado en un segundo plano: discreto, inteligente, lúcido. De cómo cantó y de cómo lo hizo el resto del elenco, y de su actitud ante los aplausos, me remito a lo escrito por Ainhoa Uría. Carreras, qué gran clase.

Pero no hay teatro, producción, elenco ni compositor capaces de construir una buena ópera partiendo de un libreto tan malo como el elaborado por Angelika Messner. El “presidente Morales”, bien prestado por Carlo Colombara, es un personaje de una superficialidad casi insultante, y no recuerdo cabalmente en el repertorio un papel de malo tan cargado de tópicos, tan plano, tan previsible y carente de matices, tan mecánico. Que Colombara no permita el estrepitoso derrumbe de esta caricatura dice mucho del oficio del bajo verdiano, acostumbrado a papeles como Fiesco, del Simon Boccanegra, ópera con la que por cierto encuentra “El juez” algunas similitudes, como la idea del secuestro y desaparición de una niña (sí, lo se: está traído por los pelos, pero quiero subrayar la vacuidad de Morales: se escribían mejor los caracteres hace más de 150 años). Lo mismo sirve para la abadesa, cuya maldad se ve superada en matices con creces por un puñado de brujas de películas de Disney, y cuyo arrepentimiento, en un finale alla Mascagni, se desarrolla más de acuerdo a las leyes de la mecánica de Newton que a las sinuosidades y tormentos de la conciencia: se arrepiente porque alguien dice: aquí se arrepiente, lo mismo que una manzana cae; al igual que sucede en el enamoramiento del cantautor Alberto García y la reportera Paula -francamente buenos los trabajos respectivos de José Luis Sola y Sabina Puértolas-, que se produce porque alguien dice: aquí, que se enamoren, que así luego el amado muere en brazos de la chica y eso siempre funciona.

Y bien: así se escribían los libretos, sólo que mucho mejor, hace mas de cien años. La trama, el trasfondo histórico, la relativa valentía de abordar un tema como el del robo de niños en el contexto de los sistemas crueles que inconcebiblemente anulan derechos legales y humanos tan inviolables como la paternidad y la maternidad de la mano connivente de la Iglesia, no resta un ápice a la pobreza conceptual de la obra: perfectamente entendible, eso sí, precisamente por ser un completo cliché. Y es el cliché lo que, como saben los autores de esta ópera y sabían Boito y Verdi, o Puccini, Illica y Giacosa, facilita la cálida acogida por parte de los públicos. Ese era, no otro, el objetivo de Carreras para su regreso. Creo que el tenor ha querido probar con una ópera de hecho conservadora, pero con un vestuario de denuncia y valentía. Y es inteligente y entendible, y astuto, aunque personalmente me parezca frustrante. Y para denunciar a la Iglesia, qué quieren, hay más carga y sustancia sin salirse de Verdi, en el propio “Don Carlo”, que en la maldad diabólica de esta abadesa disneyniana.

Dos últimos apuntes sobre el trabajo de la vienesa Angelika Messner: quizá uno sea suspicaz ante su visión del perdón como herramienta para borrar la historia, pero el perdón sólo tiene sentido cuando previamente se ha ejercido la justicia. Es un pequeño paso previo que el libreto de “El juez” sencillamente parece sustraer incluso de los intereses del propio juez Ribas. Por otro lado, el embrollo del secuestro de la hija del juez, el asunto de las maniobras policiales para involucrar al cantautor, son sencillamente inútiles. Ahí le sobran a “El juez” muchas bóvedas y arbotantes y frases e idas y venidas que, de paso, le hubieran restado unos cuantos minutos a su excesiva duración. Quizá antes de su próxima representación, creo que en un festival en Austria, hayan podido escoger cómodamente cuál es el Fontainebleau de “El juez”. Y quizá el libreto gane en matices o los recupere al cambiar de idioma, ojalá.

La labor de Christian Kolonovits es meritoria, pero escrito en cursiva. Debe ser muy difícil componer en el siglo XXI principalmente a la manera del XIX, partiendo de un libreto tan flojo y bajo una sombra tan poderosa como la de Carreras, centro indiscutible de todo el sistema planetario que es “El Juez”. Kolonovits acierta cuando acuna a Carreras y le arropa, permitiendo distinguir al gran tenor de entre la amalgama sonora de alternancias e influencias que recorren la obra de principio a fin. Cuando la acción se sitúa en el convento, la música se acerca al mundo de Puccini, pero escrita con algo de involuntaria iconoclasia por alguien que quizá se siente, de hecho, más próximo a Joe Hisaishi que a la ópera italiana; el acto II, el de la rebeldía ciudadana, parece liberar a Kolonovits y muestra su versión más despreocupada y próxima al género musical, género que por cierto Carreras ha apreciado y practicado; después se regresa al eclecticismo en el acto III, interminable, donde de vuelta al convento las celosías tienden un velo que oculta y/o sepulta todo un siglo de evolución musical. Entre el tercer y el cuarto acto personalmente me debatía como un tablón en un choque de corrientes submarinas: ahora me mecía Bizet, ahora Puccini, ahora me parecía escuchar de nuevo a Mascagni: “No prescribe el dolor”,Ahora te veo madre”, la propia “Sistema cruel”: tantas veces escuchadas, tan reconocibles, tan simples y fáciles, tan celosas redes ansiosas de pescar aplausos. Ay.

El hecho es que, en efecto, el público se volcó durante toda la función, y al final fue sumamente generoso, incluso espléndido. Arias e interpretaciones que en otro contexto hubieran pasado desapercibidas en el mejor de los casos, eran ovacionadas. Al final del acto IV, la platea se puso en pie. El éxito estaba alcanzado, pero también se sabe que la comida va a gustar si el micuit abunda en los manteles y no faltan otras viandas y bebidas. “El Juez” es un banquete bien calculado, una celebración y una dicha, y en ese sentido hay que aceptarlo como un éxito y es incluso posible participar de él, y de ahí el inicial “vivan los novios” para el Arriaga; pero es, en el mejor de los casos, una medianía musical y un mal texto. En cuanto a Carreras, más allá de sus prestaciones, yo sólo puedo postrarme, agradecerle y recordar; y felicitarme por su inteligencia y lucidez: Carreras no es un milagro. Quizá tampoco sea un juez, pero no es un milagro. Y eso le honra. Y con eso nos honra.