Galina Vishnévskaya y Vladimir Putin en un homenaje a Mstislav Rostropovich, 2007

Galina Vishnévskaya, viuda de Mstislav Rostropovich, con Vladimir Putin en un homenaje al cellista, 2007

Escrito en el 25º aniversario de la caída del muro de Berlín

Ecos de la Guerra Fría

Vladimir Putin es algo hosco empleando las metáforas. El país del 25 de octubre reproducía un titular en el que afirmaba que “el oso ruso no pedirá permiso a nadie”. Es algo más dotado para radiografiar los procesos: la crónica decía que “Según Putin, EE UU y los países occidentales se sintieron vencedores de la Guerra Fría y decidieron adaptar el mundo a sí mismos y excluir lo que les molestaba, con lo cual pasaron a comportarse como “nuevos ricos” e hicieron “todo lo que querían sin atenerse a ninguna regla”. Un diagnóstico probablemente certero. Pero volvamos a la metáfora inicial, a la visión de Rusia como un oso dueño desafiante de su territorio, macho y luchador, un animal en el que el propio Putin, que practica la caza y cultiva su físico y alardea de virilidad con un exhibicionismo exaltado y homofóbico, probablemente gusta de reconocerse. Hay personalidades que, decididamente, tienden a identificarse de forma atávica con determinados animales.

La crónica, que puede leerse íntegramente aquí, incluye este párrafo insólito: “Rusia va a “defender sus intereses” a toda costa, dijo Putin, quien insistió que EE UU trata de dictar su voluntad arbitrariamente y sin ceremonias tanto en Europa como en Asia. El presidente se erigió en protagonista de la resistencia a la hegemonía norteamericana. “Recuerden aquella estupenda frase: “Lo que le está permitido a Júpiter, no le está permitido al buey”. “Nosotros no podemos estar de acuerdo con esta fórmula. Puede que al buey no le esté permitido, pero les quiero decir que el oso no va a pedir permiso a nadie”. Y continuó. “Además, [el oso] se considera aquí el rey de la taiga y sé con seguridad que no tiene intención de trasladarse a otras zonas climáticas, porque no está cómodo allí. Pero su taiga no la dará a nadie, y creo que eso debe quedar claro”.

Cabe conjeturar que Putin se ve a sí mismo con poca humildad: cita al divino César Augusto, ve a su país como un oso irreductible y, profético, avisa que el oso no tiene intención de invadir otros terrenos, “porque no está cómodo alli” (!) “pero su taiga no la dará a nadie“. La propia elección de Sochi como lugar de celebración del Foro Valdái tiene sus connotaciones: situada en la orilla este del mar Negro, cuyo litoral comparte con Crimea, en esta ciudad balneario tuvo su dacha preferida Iosif Stalin, una figura histórica en trance de recuperación en el contexto de la reescritura de la historia soviética que protagonizan los Siloviki, jerarcas rusos que han alcanzado el poder provenientes de los servicios de seguridad y espionaje y de las fuerzas militares de la extinta URSS. Putin es uno de los exponentes, el máximo según parece, de esta clase dirigente que desde hace meses impone para los ucranianos-rusos el mismo derecho de autodeterminación que prohíbe su Constitución para los pueblos sin estado de su propio territorio. Por eso, aunque pronunciado ante un auditorio de expertos internacionales, el discurso de Putin hay que entenderlo principalmente en clave interna.

Rusia, cuyo orgulloso resurgimiento filosoviético encuentra buena parte de sus nutrientes en la política occidental inmediatamente posterior a la caída del muro de Berlín, pero también en la actual política exterior errática de la administración de Barack Obama e inexistente de la virtual Unión Europea, lleva años protegiendo su propia identidad frente a los países que, en efecto, se sintieron vencedores de la Guerra Fría. De hecho lo fueron, pero aparentemente no supieron administrar su victoria. Rusia, mientras tanto, ha construido unas sólidas defensas frente a la inculturación occidental. Ha desarrollado su propia arquitectura autónoma -y mayoritariamente empleada por su población- para las tecnologías de la información y redes sociales, a modo de una Gran Muralla en versión siglo XXI. Más del 40% de la población rusa emplea con gran intensidad las redes sociales, pero sólo un 5% utiliza Facebook, siendo virtualmente hegemónicas Odnoklassniki (Compañeros) y Vk.com, antes VKontakte. Yandex, el buscador ruso equivalente a Google, aglutina más del 60% de las búsquedas en Rusia, mientras que Google se queda en un 25%. En una web enfocada a la penetración comercial en el mercado ruso puede leerse en la página de inicio: “¿Te imaginas un mundo sin Google ni Facebook?”. Bien: eso es Rusia a todos los efectos. Y esa situación ha sido defendida y/o propiciada a través de unas leyes antitrust que, curiosamente, no han impedido una llamativa concentración de poder en otros sectores estratégicos, como la comunicación y la energía, en manos sobre todo de fieles al régimen de Putin. Algunos poderosos siguen vivos y en libertad, otros se han exiliado, otros están encarcelados.

Galina Vishnevskaya y Mstislav Rostropovich retratados en su hogar con sus hijas, Olga y Elena. Foto: RIA Novosti archive (http://visualrian.ru/ru/site/gallery/#70350)

Galina Vishnevskaya y Mstislav Rostropovich retratados en su hogar con sus hijas, Olga y Elena.
Foto: RIA Novosti archive (http://visualrian.ru/ru/site/gallery/#70350)

Sonidos de la Guerra Fría

David Oistrakh nació en Odesa, Ucrania, en 1908. Oistrakh fue el gran violinista esgrimido por la URSS como exponente de su poderío musical en oposición a Isaac Stern, también ucraniano y algo más joven (Kremenetz, 1920), emigrado a Estados Unidos con sólo un año de edad y uno de los buques insignia del instrumento en el ámbito occidental. Hay en esa pugna mucho de tenaz y especulativa partida de ajedrez. Curiosamente en sus biografías en Wikipedia, esa herramienta siempre rebosante de información y de pistas -a veces falsas-, Oistrakh aparece como ruso, mientras que Stern aparece como ucraniano. Una faceta no tan conocida de Oistrakh es que también fue director de orquesta, actividad que comenzó a desarrollar hacia 1960 y que le puso rápidamente al frente de las principales orquestas rusas y de prestigiosas formaciones europeas. Oistrakh sostenía: “I am deeply convinced that the conductor can be obtained only that which pleases the orchestra, in other words, only that interpretation, which corresponds to the artistic aspirations of the collective. And in this, I think the clue as to why a conductor is successful in his work, and the other – no.” Curiosa y ortodoxa (¿y romántica?) apelación a la orquesta como colectividad por parte de un violinista y maestro situado en la cúspide de la muy jerarquizada URSS de los años sesenta.

La gran estrella soviética grabó Mahler como director, específicamente la Cuarta Sinfonía, con la Filarmónica de Moscú en 1967. La versión es realmente muy interesante y resulta muy ilustrativa respecto a su calidad como maestro, elogiada en la época. La maravillosa soprano Galina Vishnévskaya, esposa de Mstislav Rostropovich, cantó el cuarto movimiento, Das himmlische Leben (“Vida celestial”) y es la dama retratada más arriba en compañía de Vladimir Putin. Como es sabido, Rostropovich hubo de abandonar la URSS en 1974 por defender públicamente al escritor Alexander Solzhenitsyn, y su esposa se exilió con él. Al parecer la pareja acogió en su casa al autor de “Archipielago Gulag” en 1968, mientras escribía la obra. Sólo regresaron a la URSS ya en 1990, invitados por Mikhail Gorbachov, visita en la que al matrimonio le fue reintegrada la nacionalidad rusa. La versión de Vishnévskaya es de una belleza indiscutible y está cantada en alemán. Otra Galina, Galina Pisarenko, cantaría el mismo movimiento en ruso en 1976, en una grabación con la misma orquesta que dirigiera Oistrakh y con dirección de un mahleriano de enjundia: Kirill Kondrashin (su Séptima es brutal). Dos años después de esta grabación de la Cuarta (no su mejor versión de Mahler), el gran maestro Kondrashin pidió asilo en Holanda durante una gira, una posibilidad tan anhelada por los artistas como temida -y prevista y represaliada- por las autoridades soviéticas. Otro de los tesoros de Kondrashin dirigiendo Mahler es la Tercera, con la mezzo Valentina Levko cantando también en ruso un cuarto movimiento sobrecogedor. En esta Tercera de Kondrashin intervino, cantando en el quinto movimiento, el coro de niños de la Filarmónica Estatal de Letonia, hoy un país soberano miembro de la Unión Europea. La grabación de esta Tercera se efectuó precisamente en Riga.

Logosímbolo del sello Melodiya © Melodiya

Logosímbolo del sello Melodiya
© Melodiya

En apenas 15 o 20 años, un plazo realmente corto en términos históricos, algunas de las piezas fundamentales de los tesoros musicales de la URSS, tanto en clave personal como de Estado, se habían deshecho o habían redibujado sus señas de identidad como terrones de azúcar en una infusión. Pero los históricos registros de algunas orquestas maravillosas, de maestros y músicos y cantantes extraordinarios, quedaron en manos soviéticas. Es muy interesante este fragmento de James R. Oestreich en The New Tork Times, publicado en septiembre de 1996 (año de reelección de Boris Yeltsin): “Amid shifting and intrusive political tides, the Soviets managed to keep a vital symphonic tradition afloat, and Shostakovich’s own works, in particular, carried strong influences of Mahler into the present. Yet little evidence of such enthusiasm appeared on records”.

A fecha de hoy, en una singular coincidencia, la sección “We recommend” de la web oficial del sello Melodiya, depositario de centenares de tesoros (melody.su), está encabezada por la versión del concierto para violín de Chaikovski interpretada por Oistrakh con dirección de Kirill Kondrashin. La página ofrece una detallada biografía de Oistrakh, pero en cambio no existe referencia biográfica de Kondrashin, a quien sólo se cita en la historia de la compañía. El sello Melodiya cuenta cómo la emigración de Kondrashin implicó la prohibición de reeditar todos sus registros, y cómo sus grabaciones de Mahler o Shostakovich nunca llegaron a distribuirse en la URSS. Por otro lado, Melodiya reeditó en 2004 las grabaciones mahlerianas de Kondrashin, y todas ellas, como las en su momento prohibidas de Shostakovich, son asequibles sea comprando los CDs, sea en streaming. Esta posibilidad es especialmente interesante en el repertorio del compositor bohemio, porque las batutas rusas no han sido pródigas con sus composiciones, pese a excepciones como Kondrashin o, en un segundo plano de notoriedad, Yevgeny Svetlanov (grabó la integral) y Gennadi Rozhdestvensky, con “Das Klagende Lied” y algunos ciclos de canciones, además de una Quinta. Entre estas aportaciones de Rozhdestvensky es destacable el ciclo “Kindertotenlieder” cantado por Tatyana Bushuyeva.

En septiembre de 2013, en un paso enfocado hacia el exterior, Melodiya anunció el lanzamiento en iTunes, en colaboración con la compañía occcidental The Orchard, de más de 700 álbumes de su enorme catálogo, que abarcaban un periodo de registros comprendido entre 1964 y 1991. La noticia al respecto emitida por RIA Novosti, apenas dos meses antes de ser abolida por un decreto de Vladimir Putin (Novosti, la histórica agencia de noticias de la URSS: merece la pena leer lo acontecido alrededor de la agencia y su directora Svetlana Mironiuk en el último trimestre de 2013), hablaba de los tesoros del catálogo Melodiya y decía: “La colección clásica de Melodiya incluye en particular las obras completas de Mahler, Sibelius y Prokofiev, todos los cuartetos de cuerdas de Shostakovich y grabaciones únicas de grandes músicos rusos como David Oistrakh, Sviatoslav Richter y Emil Gilels”. Basta reparar en los tres nombres de instrumentistas citados en la noticia de la agencia para entender la importancia cultural del desembarco de Melodiya en iTunes, y a través de iTunes en el amplio espectro de la difusión digital, pero lo curioso es que se citen de inicio las obras completas de Mahler y Sibelius: un judío tradicionalmente poco visitado por los maestros del periodo soviético y un finlandés. La intención es evidente, pero también lo que subyace: la reivindicación en clave nacionalista de la enorme potencia y calidad de la música del período soviético, sea en compositores, instrumentistas, directores u orquestas. Lo cierto es que es del todo razonable que Rusia sintiera orgullo de lanzar al mundo ese monumental catálogo. La llegada al mundo de la distribución digital del sello oficial del país de los Soviets implicaba a artistas como Rudolf Barshai, Lazar Berman, el Borodin String Quartet, Emil Gilels, Kondrashin, Evgeny Mravinsky, Oistrakh, Sviatoslav Richter, Rostropovich, Daniil Shafran, Svetlanov, Henryk Szering o la propia Galina Vishnevskaya, entre otros muchos nombres.

En la segunda década del S. XXI, Rusia redefine sus límites y fronteras a todos los niveles, y lo hace en términos de una estrategia global que implica también a sus activos culturales. No sólo desempolvando viejos vinilos y digitalizándolos, sino rearmando y realineando a sus actuales figuras, muchas de las cuales cierran filas en torno a las directrices de la actual dirigencia moscovita: a lo largo de la historia, no son pocos los maestros y músicos sobresalientes que han sabido amoldarse a las circunstancias reinantes sin pararse a pensar lo que el tiempo dirá de ellos. Y el paso del tiempo es, la mayoría de las veces, realmente severo.

En los últimos días de su vida, que concluyó el 11 de diciembre de 2012 a los 86 años, la soprano Vishnevskaya, viuda de Rostropovich, recibió del presidente Vladimir Putin la máxima distinción honorífica rusa: la medalla de primera clase al Mérito Patriótico.

Imagen añadida el 7 de noviembre. Arriba, fragmento de la portada de El País de la fecha. Abajo, iluminación conmemorativa siguiendo el trazo del muro desaparecido en Berlín:

BERLIN_Collage

©Joseba Lopezortega Aguirre, Bilbao, 2014– http://wp.me/Pn6PL-3p