40º aniversario de la muerte de Dmitri Shostakovich

Publicado en Mundoclasico el 11 de agosto de 2015

 

Filadelfia, 1959. Eugene Ormandy (izquierda) con Mstislav Rostropovich y Shostakovich. Los otros dos son un intérprete y un ingeniero de sonido. Foto: Adrian Siegel Collection/Philadelphia Orchestra Association Archives

Filadelfia, 1959. Eugene Ormandy (izquierda) con Mstislav Rostropovich y Shostakovich. Los otros dos son un intérprete y un ingeniero de sonido. Foto: Adrian Siegel Collection/Philadelphia Orchestra Association Archives

 

Una delegación soviética encabezada por Shostakovich visitó Filadelfia en 1959 para la primera grabación del Concierto para violonchelo nº 1 de Shostakovich. La Orquesta de Filadelfia estuvo dirigida por Eugene Ormandy y el solista fue Mstislav Rostropovich. Actualmente la grabación puede escucharse en CD o en streaming. Ormandy mantenía, como es sabido, una estrecha proximidad con la obra de Shostakovich, algunas de cuyas obras estrenó en los Estados Unidos. Esta es una de ellas. Es curioso que se estrenara en Estados Unidos con un maestro que estuvo ligado a su orquesta 42 temporadas desde 1938, y que poco antes se hubiera estrenado mundialmente en San Petersburgo con dirección de Yevgyeni Mravinski, que inició su titularidad en el mismo año y la mantuvo 50 años.

En la fotografía aparecen, junto a los tres protagonistas, un intérprete y un ingeniero de sonido. Ormandy sostiene con su mano derecha la partitura, y Rostropovich su arco. Sobre la mesa se han dispuesto un libro y un par de gafas sin aparente propietario, además de una cajetilla de cigarrillos sin la cual Shostakovich sería simplemente inimaginable. Forman parte del atrezzo, como la partituta y el arco. No es una instantánea, sino un retrato de grupo cuidadosamente producido, a la manera de un óleo barroco: Shostakovich explicando algo, Ormandy también, Rostropovich dinámico, con la chaqueta a medio poner, atendiendo al maestro pero aparentemente también a punto de interrumpirle y, para mayor abundamiento en el curioso caos de la reunión, uno de los no identificados señalando a Ormandy con el índice de su mano derecha, mano que además parece haberse retocado suavemente en el negativo para perfilarla. El otro desconocido, mientras tanto, mira con una postura un tanto forzada a Ormandy (se diría que es el ingeniero de sonido), con sus mangas remangadas. Todos miran al maestro, que mira al traductor, a excepción de Shostakovich, que parece mirar a la partitura. En ese sentido, la fotografía transmite a la perfección tanto la ideología dominante en las orquestas de la época, con los maestros como enseña y estrella, como la inclinación de los artistas a colaborar con los fotógrafos en la realización de su trabajo. Como último apunte relativo a esta composición, la mirada invisible entre Ormandy y el traductor establece una línea oblicua que atraviesa la composición de parte a parte en el primer plano, mientras que un foco ilumina las camisas blancas de los no identificados incidiendo desde la perspectiva contraria, reforzando el aire barroquizante de la composición.

Adrian Siegel, el autor, fue un colaborador asiduo de Ormandy. Era violonchelista en la Orquesta de Filadelfia (también tocaba corno inglés y oboe) y fotógrafo amateur, aunque su trabajo llegó a exponerse en una colectiva del MoMA de Nueva York. Normalmente trabajaba con una Leica durante los ensayos, y su trabajo es sobresaliente precisamente porque no se entrometía en el trabajo de sus colegas, que además conocía perfectamente. En la publicación “Image” de la George Eastman House de diciembre de 1953 se puede leer: “(…) So the persons photographed have not posed, have not had to adjust themselves to the intrusion of a strange personality. The musicians are at work (…)” Esto es aplicable efectivamente a sus fotografías en ensayos (es magistral su instantánea de Piatigorsky), pero no al retrato de grupo con Shostakovich. Siegel no estaba en su elemento –Shostakovich probablemente tampoco–, aunque tiene un retrato magistral de George Szell ante un retrato de Stravinsky (que se le ocurrió al director) que tampoco es, obviamente, una improvisación.

 

1959

En el año de la grabación del Concierto para violonchelo número 1, 1959, Nikita Jrushchov era presidente del consejo de ministros y estaba en puertas de ser primer secretario del Partido Comunista de la URSS. Jrushchov había iniciado un proceso de cierta apertura en su país, celosamente cerrado y vigilado desde hacía años, y había facilitado cierta entrada de turistas en la URSS y había permitido que ciudadanos soviéticos sobresalientes salieran al extranjero. La URSS había dejado atrás el terror masivo de Stalin y Beria, y rivalizaba ventajosamente con los Estados Unidos en la carrera espacial. En su Concierto, Shostakovich ironizó sobre los gustos musicales de Stalin, que había muerto en 1953. El músico era una de las grandes glorias soviéticas. Era miembro del Soviet Supremo, y ya había visitado Estados Unidos en vida del dictador georgiano, en 1949, como uno de los cinco delegados de la URSS en la Cultural and Scientific Conference for World Peace de Nueva York. Es muy interesante conocer las circunstancias de sordo enfrentamiento que prologaron aquel viaje, y que se exponen en el trabajo de Terry Klefstad “Shostakovich and the Peace Conference” (accesible en internet).

Poco después de la grabación, en 1960, inició su militancia en el Partido Comunista. Todos estos procesos vitales hay que enmarcarlos en un contexto de frágiles equilibrios en los que se hace complicado discernir dónde comienza la afinidad ideológica y donde termina el mero afán por sobrevivir y continuar creando. Tanto Stalin como Jrushchov mostraban un acusado interés por las artes, que entendían en términos de afirmación nacional e ideológica y propagantísticos, y Shostakovich estaba en un primer plano de notoriedad desde muy joven. Había conocido de primera mano, por ejemplo, qué significaba que a Stalin no le agradara Lady Macbeth del distrito de Mtsensk.

Además del Concierto para chelo, en 1959 Shostakovich había reorquestado Khovanschina, de Modest Musorgski. Tenía gran interés en la recuperación del acervo musical ruso, y había trabajado poco antes sobre temas populares o composiciones de Glinka.  En 1958 había compuesto Cheryomushki, una opereta cómica que satirizaba problemas como la escasez de la vivienda, y un año antes (1957) había concluido su Sinfonía nº 11, El año 1905. Coincidiendo con su militancia en el Partido Comunista, Shostakovich compuso La llama de la gloria eterna (1960), de inspiración hondamente nacionalista y próxima al régimen que había elaborado años antes como posible himno nacional, y que fue desestimado por las autoridades –es decir, por Stalin–.

Cuarenta años después de su fallecimiento, la mejor forma de entender la obra de Shostakovich, tan determinada por su época como superior a ella, es escucharla aceptando que probablemente su intención y su finalidad al componer resultan indeterminables. El tiempo juega a favor de la música, porque el compositor y su vida van quedando atrás. La mera presencia en la fotografía de Rostropovich nos recuerda que es difícil comprender las razones para evolucionar de una personalidad compleja, y mucho más todavía tratar de establecer las verdaderas motivaciones y finalidades. Rostropovich contaba que en una conferencia de prensa, en los años sesenta, un periodista preguntó a Shostakovich si estaba de acuerdo con las críticas vertidas años antes contra su obra desde el diario Pravda. El compositor respondió micrófono en mano que completamente, y que incluso estaba agradecido porque el Partido le había enseñado a componer. Esa pudiera ser la historia oficial. La realidad, siempre según Rostropovich, es que instantes después y a micrófono cerrado su amigo le dijo: “¡Que hijo de perra! ¿Cómo se atreve a hacerme esta pregunta? ¿No se da cuenta de que no puedo contestarla?”