La semana pasada se ha conocido que dos prestigiosas orquestas alemanas, ambas dependientes de la Südwestrundfunk (SWR), emisora de radio y televisión pública alemana, van a fusionarse de acuerdo a unos plazos y condicionantes bastante estrictos. La orquesta resultante cubrirá una amplia zona geográfica y dará servicio como destacado agente cultural a una población muy amplia, de unos 15 millones de habitantes, con Stuttgart, Baden-Baden, Maguncia o Friburgo como poblaciones destacadas. En este amplio territorio la orquesta fusiuonada coexistirá con otras formaciones sinfónicas, como la Filarmónica de Baden-Baden.

Se trata de la Sinfónica de la Radio de Stuttgart y de la Sinfónica de Baden-Baden y Friburgo. Algunos directores titulares de estas formaciones sirven para dar cuenta de su relevancia: Celibidache, Marriner, Norrington, Gielen o Cambreling. Importantes orquestas, fundadas ambas al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando los aliados supieron ver que el resurgir de una Alemania destructiva y destruida pasaba también por potenciar sus industrias culturales. Esta visión ha ido muriendo en los últimos años al menos en la Europa meridional, pero ese es otro asunto.

¿Por qué se fusionan esas dos importantes orquestas? Creo que la respuesta a esta cuestión tiene que ver poco con el ahorro que probablemente se deriva de la fusión. Lo importante es que sólo unas orquestas potentes tienen sentido en el S. XXI, pues la música –y la clásica en primer lugar- está sometida radicalmente al concepto de globalización. De un entorno sociopolítico en el que cada obispado, cada ciudad o cada provincia precisaba de sus propias orquestas, e incluso sus propios compositores (a veces por simple rivalidad regional), hemos pasado a una fase –un ciclo- en la que podemos escuchar en virtual directo un estreno interpretado por una orquesta de cualquier lugar del mundo. Las orquestas están en las redes. Salen al mercado con sus propios sellos editores. Existe el streaming, y Spotify incrementa sin cesar su inmenso –y mal catalogado- universo de ofertas. Las formaciones, los directores y los solistas son marcas y construyen y precisan especializar sus atributos, y esto explica –en parte- el “valor” de la juventud entre las batutas, o el de la belleza entre los instrumentistas. No me gusta, pero es un hecho, y las orquestas deben adaptarse.

En un futuro las orquestas jugarán en divisiones… como siempre. Unas jugarán la Champions, otras la regional, ¿es que no sucede ya? ¿Vale lo mismo un concierto de la Concertgebouw que uno de la Nacional de Francia? ¿Es que esto no lleva sucediendo décadas? ¿Por qué nos asusta la idea de fusionar orquestas, si eso permite a la formación resultante trabajar a otro nivel? ¿No tienen derecho dos orquestas a entender la fusión como la forma estratégica de alcanzar unos objetivos tácticos más ambiciosos y, por qué no, mejores en lo artístico?

©Joseba Lopezortega Aguirre, Bilbao, 2013 – http://wp.me/Pn6PL-3p