Foto: El País / Iván Alvarado (Reuters)

Foto: El País / Iván Alvarado (Reuters)

 

Apenas unos días han separado la visita a Cuba del presidente estadounidense Barack Obama y el concierto en La Habana de The Rolling Stones. Todo un desembarco anglosajón en la isla, cuyos habitantes parecen ver luces entre los cortinones tupidos corridos y cosidos desde dentro y los capazos de aislamiento arrojados desde el exterior.

The Rolling Stones son el símbolo de los cambios que parecen llegar a la isla, imparables y también inciertos. Habrá que ver hacia dónde llevan y en qué escala llegan a materializarse, pero resulta conmovedor que decenas de miles de isleños miren por esa ventana atronadora que abre brecha en décadas de inmovilismo y mira hacia el futuro. Una vieja banda de viejos rockeros simbolizando el cambio en Cuba es un encuentro entre viejos: ellos por encima de los setenta años, los hermanos Castro sobrepasando los ochenta. El futuro en libertad de Cuba quizá se canta en el concierto, pero podría negociarse jugando a la petanca, un juego adorado por los senior.

En noviembre de 1989 fue Mstislav Rostropovich quien, tocando la zarabanda de la Suite número 2 de Bach de espaldas al muro de Berlín, simbolizaba su demolición y denunciaba la inhumanidad de tantos años de insoportable presencia. En 2016 son The Rolling Stones quienes, al actuar en La Habana, recuerdan la necedad e injusticia del muro oceánico que levantaron tanto las inmovilistas manos de la revolución como las marmóreas manos del aislamiento.

Y en el centro, siempre, la música.

 

Mstislav Rostropovich, Berlín 1989

Mstislav Rostropovich, Berlín 1989