Publicado en Territorios, de El Correo, el 2 de abril de 2026

Conocí El murmullo del agua, de María Belmonte, casi por azar. Hay en él algo inmediato, una frescura poco frecuente, que convive sin fricción con una erudición sólida. Es, a la vez, un compendio de saberes y un libro de viaje; un recorrido por fuentes, manantiales, estanques y jardines que es también una manera de conocer íntimamente lo que otros ven cuando miran.

A medida que avanzaba en su lectura, pensaba en la música, de forma precisa en Franz Liszt, en sus Années de pèlerinage y, muy particularmente, en Les jeux d’eaux à la Villa d’Este, donde la fuente deja de ser objeto para convertirse en la experiencia de la contemplación: brillo, movimiento y sonido como una forma de expresar la espiritualidad que los sentidos perciben.

Richard Wagner conoció los jardines y fuentes de la Villa d’Este cuando visitó a Liszt, que pasaba temporadas en la villa. Para Liszt, el lugar era un espacio de retiro donde el agua —en sus fuentes, en sus juegos de luz— se convertía en experiencia casi mística, en una epifanía sensible que acabaría transcribiendo en su música. Wagner no vio lo mismo; se sentía más interpelado por la solemnidad de los cipreses, pues buscaba en la naturaleza no lo que fluye, sino lo que permanece: lo vertical y remoto, lo sagrado.

Ahí se abre una distancia que el libro de Belmonte permite pensar. Si en la tradición mediterránea el agua aparece como un espacio habitado —poblado de ninfas, deidades y relatos—, en Wagner pertenece a un orden primigenio, oscuro, anterior a toda forma. El preludio de Das Rheingold no describe un río: lo hace surgir lentamente desde una materia indiferenciada, como si asistiéramos al propio nacimiento del mundo; en el Anillo, el agua arrastra la cicatriz de una profanación. En el acto III de Parsifal, en cambio, la naturaleza misma parece transformarse, atravesada por una fuerza de redención que no pertenece del todo a lo visible, y el agua del manantial sagrado con que Gurnemanz bautiza a Parsifal no refresca ni purifica: consagra, transforma, inicia.

Las hijas del Rin no son ninfas mediterráneas, no ornamentan el paisaje, no lo explican ni lo humanizan: son seres elementales, frutos de un orden más profundo en el que el agua es vestigio de algo anterior a que la realidad adquiriera sus contornos. En ese universo, acceder al agua —beber de ella, atravesarla— implica siempre una pérdida, una transformación o un sacrificio. Muy lejos de la fuente como lugar de contemplación o como la revelación luminosa que encontramos en Liszt.

Es precisamente esa tensión —entre el agua como forma y el agua como origen— la que el libro de Belmonte activa sin siquiera necesidad de formularla. Porque la buena literatura, como la buena música, no se define por lo que explica, sino por lo que suscita: se mide por los mundos que abre, no por los que cierra. El murmullo del agua pertenece a la preciosa categoría de libros que no se agotan en sí mismos y continúan sonando, como el agua que evocan, tiempo después de haber sido leídos.