Publicado en Territorios de El Correo el 13 de junio de 2026

Hay tantos mares en Laga y tan cambiantes como formas de mirar. Los mares existen en función del lugar y del momento en que los vemos. Los Eusko Irudiak de Jesús Guridi son la voz arraigada y sublime de un mar que es presagio y memoria, ese Cantábrico que presentimos y nos llama desde que nos vamos acercando a la costa, esa lámina familiar sobre la que los vascos bogan.

El cielo, el viento, las mareas, quién sabe qué elementos convierten esa tarde y ese lugar en un gran lienzo en el que conviven la amenaza, la serenidad y los juegos, lo efímero y lo eterno. Mirando hacia Bermeo se ve La Mer de Debussy, De l’aube à midi sur la mer. El cielo encapotado, hecho jirones, y sin embargo el mar es la luz. En la orilla suenan Une barque sur l’océan de Ravel, o Tourbillons de Rameau: las espumas son la ligereza, el prodigio, la danza. Más hacia tierra, separadas de las corrientes por unos palmos de arena, las charcas, fragmentos de una mar encapsulada y segura que los niños conquistan en sus juegos. En ellas suena Reflets dans l’eau, también de Debussy. Mirando a la derecha, hacia los pies de Ogoño, la playa cambia completamente de carácter. Las rompientes golpean las rocas con una insistencia que impide una contemplación tranquila, no importa el tiempo que haga. Allí se escucha Storm, el último de los Four Sea Interludes, de Benjamin Britten.

Tomo aire.

Hacia el horizonte, el mar se hace inmenso en una escala que los sentidos no alcanzan a procesar. Es el mismo Atlántico que muy lejos baña costas más frías y quizá más antiguas que las nuestras, donde el océano rompe de otra manera. Desde aquí esa lejanía se vuelve física. De allí vienen dos músicas que parecen haber crecido dentro del agua. Oceans, de María Huld Markan Sigfúsdóttir, contempla el mar como un espacio emocional sin orillas, como la mirada que avanza hacia el horizonte y sigue avanzando cuando el horizonte ya ha sido superado. Y si volcamos el pensamiento hacia la profundidad, hacia lo que no vemos, aparece Luminance de Anna Thorvaldsdóttir, de In the Light of Air, música que parece transcurrir como un mar sin conciencia, sin principio ni fin ni ideas reconocibles, agua en contacto con los fondos y los viejos minerales, mar laborioso y tenaz en un tiempo geológico que la vida humana no alcanza a comprender.

Sigfúsdóttir y Thorvaldsdóttir son dos compositoras islandesas. El volcán, el frío, la luz que desaparece meses enteros, un Atlántico sin contornos visibles son su materia prima. A nuestros pies, esa naturaleza extrema llega con perfecta exactitud hasta esta playa de Urdaibai, porque el océano es el mismo. Quizás por eso Luminance tiene algo que comparte con el Debussy que suena mirando hacia Bermeo: en ambas obras, la luz no flota sobre el agua, sino que se hunde en ella, se ahoga, se confunde con la profundidad.

Laga es el agua y la luz.