Ordet, de Carl Theodor Dreyer. Dinamarca, 1955.

Ordet, de Carl Theodor Dreyer. Dinamarca, 1955.

 

Se dice de algunas películas que han envejecido mal; pero hay otras de tal calidad que, ajenas al tiempo, sirven para evaluar el modo en que nuestra propia visión sobre la vida y específicamente nuestra mirada como espectadores cinematográficos han evolucionado a lo largo de los años. A los 20 años mis ojos eran muy rápidos y enfocaban puntos concretos con alguna precisión; ahora, en cambio, son más lentos y abarcan campos más amplios y probablemente menos enfocados. Las obras de Dreyer son ahora distintas a las que disfruté cuando era joven, aunque sean las mismas; por eso volver a ellas implica algunas cosas y requiere cierto grado de madura valentía o, si se prefiere, de cautela: pues el gran cine termina por proyectarse en nosotros y hace falta aceptarse como pantalla, madurar, para seguir tratando de disfrutarlo.

Vuelvo a ver La pasión de Juana de Arco, Vampyr, Ordet (Ordet, ¿es que se puede llegar a afirmar “yo he visto Ordet“? Las grandes obras son siempre extremadamente huidizas, porque se nutren de nuestra propia evolución, nunca se acaban de ver). Cine. Acostumbro a ver algunas películas, pocas; pero sólo ocasionalmente veo cine.

De Dreyer se puede decir que sus películas disfrutan del privilegio de ser muy valoradas y reconocidas y de la maldición de ser muy poco vistas. Todo aficionado al cine sabe que Dreyer es uno de los grandes autores europeos, aunque tal vez no sepa sustanciar por qué. Todo aficionado al cine sabe que La pasión de Juana de Arco u Ordet son obras maestras, pero tal vez no las conozca, porque Dreyer está en ese limbo en el que se goza de más reconocimiento que conocimiento, ese espacio ingrato y frágil que la historia reserva a todo aquello que, sencillamente, no está de actualidad. Los grandes nombres quedan esculpidos en la piedra, aparentemente para siempre; pero la piedra resulta ser una lápida, tanto como una pantalla blanca puede ser un sudario: de hecho, cuando una gran película se proyecta en nosotros tras muchos años, somos pantalla y también somos sudario, de tantas cosas como han pasado. Frente a tal zozobra y aspereza, ¿cómo negar a Ordet la capacidad de borrar algún mal, de renacernos, de martillear nuestras sienes con ese placer juvenil de espectadores que creíamos irreversiblemente arrinconado? ¿No es ese el poder del arte?