
Publicado en Opinión del El Correo y Diario Vasco el 21 de mayo de 2026
Por primera vez en la historia reciente del Festival de Cannes, tres películas españolas compiten este año por la Palma de Oro. La presencia simultánea de Pedro Almodóvar, Rodrigo Sorogoyen y los Javis en la competición oficial invita a una lectura inmediata y atractiva: la del triunfo de unos nombres propios. Almodóvar es un autor reconocido internacionalmente desde hace décadas, especialmente en Cannes; Sorogoyen representa la solidez de una generación que ha sabido dialogar con el thriller, el drama político y las formas contemporáneas del relato; Javier Calvo y Javier Ambrossi llegan del cruce entre cine y televisión, entre cultura popular y nuevos públicos. Son tres posiciones de partida diferentes, tres modos de entender el cine que no responden a una misma escuela ni a un único patrón industrial. El cine español no comparece en Cannes como una cinematografía periférica que consigue colarse en el escaparate internacional, sino como una industria creativa con densidad suficiente para ofrecer al mismo tiempo diversidad, riesgo y continuidad: es el fruto de una compleja y paciente sedimentación, la evidencia de una industria que ha ido acumulando talento, oficio, estructuras, presencia internacional y capacidad de producción.
La competición oficial, con todo su peso, es la punta del iceberg de una concentración imponente de la industria audiovisual mundial. En Cannes se reúnen miles de profesionales: productores, distribuidores, agentes de ventas, programadores, compradores, exhibidores, plataformas, televisiones, fondos públicos, festivales, periodistas y un largo etcétera de oficios que raramente aparecen en las fotos. Allí conviven la película como obra artística y la película como proyecto financiero, el autor y el mercado, el afán cultural y la cruda negociación económica. En esa lógica se inscriben también los festivales. El Zinemaldia de San Sebastián es, desde hace décadas, una pieza esencial en la renovación, legitimación internacional y apertura del cine español, además de un puente decisivo con Europa y América Latina. En un plano más especializado, la presencia de ZINEBI en el Marché du Film junto a ICEX y el ICAA, como único festival del Estado acreditado como partner oficial de Cannes Docs, señala el papel creciente de las estructuras profesionales que conectan proyectos, abren vías de producción y circulación y sostienen la presencia internacional del cine. Es el imprescindible trabajo no visible. La minería. La industria.
Una película puede nacer de una intuición genial o de una obsesión personal, pero para alcanzar un festival como Cannes, donde finalmente se encuentra con el mundo, necesita mucho más que creatividad e inspiración. Necesita método, interlocutores, financiación, confianza y una cadena de oficios exigentes que casi nunca sale en la foto. España ha ido reforzando esa arquitectura creativa. Ha crecido la capacidad de producción, ha mejorado la circulación internacional de sus cineastas, se ha ampliado el diálogo con plataformas y televisiones, se ha consolidado una generación de técnicos de primer nivel (basta comparar el sonido actual del cine español con el de hace no tantas décadas, dicho con todo respeto a aquellos profesionales) y se ha diversificado el ejercicio creativo gracias a la libertad de una democracia plena. También han aumentado las tensiones, ciertamente: la fragilidad de las salas, la velocidad del consumo, el desequilibrio entre visibilidad y rentabilidad. Pero una industria madura no se define por la ausencia de problemas, sino por su capacidad para operar y evolucionar en un entorno complejo y a veces adverso. Que las películas buenas existan, traspasen fronteras, consagren el talento y encuentren público no es casual, ni se debe a la mera inteligencia o personalidad creativa. Cuando tres películas españolas entran al mismo tiempo en la competición oficial, no estamos únicamente ante tres éxitos artísticos. Estamos ante una clara señal de posición.
Esa señal no debe conducir a una autocomplacencia paralizante. El cine español sigue necesitando fortalecer su presencia exterior, cuidar la diversidad territorial y su riqueza lingüística, proteger el riesgo formal, garantizar condiciones laborales dignas y defender la actividad y el valor cultural de las salas. Cannes, más y quizá mejor que ningún otro festival, permite entender esta doble verdad: que el cine sigue dependiendo del misterio irreductiblemente humano de la creación y la imaginación y que, al mismo tiempo, cada obra forma parte de un sistema muy exigente y tecnificado y cada vez más interdependiente. Detrás de esta insólita triple presencia en la competición oficial de Cannes hay una industria creativa que ha sabido crecer. Se refleje esto o no en el palmarés, podemos saludar con alegría y exigencia esa memorable posición, coral y tenazmente ganada.





