
Publicado en Opinión de El Correo el 2 de marzo de 2026
Los domingos y Sirat, los dos títulos en torno a los que ha orbitado la edición 2026 de los Goya, comparten un capital poco frecuente: han provocado mucha conversación. No el comentario breve y cordial a la salida de la sala, sino la necesidad de argumentar, disentir y escucharse. Y eso resulta más decisivo para la cultura que cualquier cifra de taquilla o acumulación de premios. Ambas han sabido producir ese diálogo vivo en torno a lo que proponen, y cualquiera de las dos habría sido una ganadora sólida precisamente por esa razón: porque hay películas que terminan cuando se encienden las luces y otras que vuelven a verse precisamente cuando ya han acabado. Estas son las buenas.
Que la Academia esquivara el resultado más probable era una opción, pero esta vez los galardones han sido lógicos y acordes con los valores de las propias películas. La acumulación de premios técnicos remite a una obra de factura extraordinaria: Sirat es una experiencia sensorial pensada para una sala grande. Al mismo tiempo, su creatividad deslumbrante descansa sobre giros de relato y efectos que hacen difícil un segundo visionado. Ha dividido a sus espectadores entre adhesión y rechazo, y con ella se ha hablado sobre todo de cine: la película misma ha sido el objeto de controversia. Si se intenta situarla dentro de distintos géneros, escapa con facilidad a cualquier taxonomía.
La conversación en torno a Los domingos ha sido distinta. Alauda Ruiz de Azúa ha construido un artefacto de admirable precisión: un suspense cuyo motor, la inesperada vocación religiosa de una adolescente, desplaza la discusión hacia el espectador. La película no toma partido, propone un espacio desde la neutralidad en el que cada cual puede posicionarse, si lo desea. No es equidistancia ideológica, sino confianza en la madurez de quien mira -sí, es posible un cine en el que los espectadores somos respetados como entes maduros con nuestra propia formación y criterio-. A partir de ahí emerge el retrato de las convenciones burguesas y la dramática falta de comunicación que puede generarse, silenciosamente, en una reunión familiar semanal en los diez metros cuadrados de un comedor. Un gran guión y, también, el espacio perfecto para que actrices extraordinarias -dos de ellas justamente reconocidas con los Goya- desplieguen su clase. La película no sería la misma sin su presencia, sin su precisión y enorme talento. Lo mismo sirve para José Ramón Soroiz en Maspalomas.
Hay además un contraste revelador entre ambas propuestas. Los domingos sitúa el conflicto en el espacio dramático más reconocible: el hogar, lo cotidiano. Sirat, en cambio, desplaza la experiencia hacia lo extraordinario, fuera de la vida común, a un territorio en el que la realidad ha dejado de ser concebible. Una acerca el cine a la vida; la otra lo empuja hacia la desolación. Y, sin embargo, ambas confluyen en hacernos sentir vulnerables y nos obligan a preguntarnos por el valor y la solidez de nuestra mirada como espectadores. También Decorado, Goya de animación con importante participación vasca, nos sumerge en esa inquietante sospecha de que la realidad es un escenario donde, a cualquier escala, lo que parece inofensivo puede tornarse pavoroso.
Que una cinematografía produzca dos películas semejantes en un mismo año es la evidencia de una industria creativa madura y consolidada. Al celebrar sus cuarenta primeros años, una efeméride por la que felicito a la Academia, hay que subrayar la importancia de las políticas públicas en el impulso y el sostenimiento de la cultura. Que el cine vasco haya mostrado madurez y calidad en esta edición no es casualidad, es elocuente. Cuando hace unos meses se proyectaban cuatro importantes películas en euskera de mediados de los ochenta en el festival de San Sebastián y posteriormente en Bilbao, dentro de ZINEBI, rodadas en un momento en que casi todo estaba por construir, se podía medir la distancia recorrida por el cine vasco. Hoy el euskera no se restringe a la excepción ni al gesto identitario, sino que se despliega como una lengua natural de creación y de industria en una cinematografía abierta al mundo y a otras lenguas. La construcción cultural necesita de continuidad: sin políticas públicas y sin tejido sostenido no hay avances, solo hitos. El éxito es una puerta, no una meta; la cultura es un trayecto inagotable en el que cada uno debe ejercer su papel con rigor para brindarse, en última instancia, al bien común. Que la directora de Los domingos obtuviera un importante premio en ZINEBI hace quince años con su cortometraje Dicen no es solo una efeméride; cuando las instituciones -entre ellas los festivales- detectan y apuestan por el talento desde sus inicios, están contribuyendo a la construcción colectiva de la madurez cinematográfica y cultural de la que hoy disfrutamos todos.


