Fernando Díez Varela, ilustre navegante

Fernando Díez Varela, navegante

 

Para Fernando

Fue un terrible temporal: vientos rabiosos, estruendo de maderas quebradas, olas que barrían la cubierta y nosotros, Eneritz y yo, encadenados como Ulises al mástil de una embarcación en riesgo de zozobra, pero no para evitar el canto de las sirenas, sino para escucharlo: tratábamos de encontrar el eco de una tierra en la que hacer la aguada, reparar el casco, remendar las velas y, después, poder dormir para soñar con el descanso. Seguimos soñando que el descanso llegará (ya tarda) y seguimos navegando, pero ya no estamos anudados. Ahora tenemos las manos libres, y ya sabemos que la tierra de El Dorado del siglo XXI es el sosiego.

Fueron tiempos difíciles, de un gran estrés. Fue un juego extremo y vital que parecía interminable: de héroes y villanos, de militancias y deserciones, de nubes negras y firmamentos límpidos. Fue uno de esos periodos en los que las personas nos dibujamos, quizás para siempre. Allí, en aquel lugar del tiempo, apareciste erguido sobre la niebla densa de aquella gran agitación que todavía hoy apenas remite. Parecías tranquilo, como un navegante que ha cruzado el Cabo de Hornos muchas veces y no se arredra al aproar el horizonte; o eras quizás un faro tenue y discreto, una presencia balsámica y fiable. No importa la forma que adoptaras, ni por tanto la metáfora que yo utilice, porque eras múltiple y complejo, difícil de definir y al mismo tiempo tangible, leal y de talante sencillo.

Eras y eres una suma, Fernando. Transmitías confianza, serenidad y un pulso firme y sostenido. Todo eso lo necesitábamos. Recuerdo una mañana en que nos visitaste y bailaste con Ene en nuestra agencia, sonriente y pícaro, y al mismo tiempo melancólico y bondadoso, con cara como de no haber roto jamás un plato. Lo que se dice un peligro: cuántos platos no habrá roto, pensaba yo al veros, consumado trapecista como eres entre la alegría y la tristeza, la danza bien trabada y la charla en un sofá. Lejos de la prisa, en todo caso. La prisa es innecesaria y hortera.

Es difícil entrar en tu interior (y no me tienta hacerlo, porque los amigos no son los que te miran dentro), y no porque tus puertas estén cerradas, sino por lo contrario, por tener tantas abiertas. Apenas me aproximo y ya me siento en puertas de un laberinto, de un vendaval de proyectos y de un estanque reposado y lúcido; catarata, represa y cantera; ahí dentro de tu piel se percibe a alguien capaz de apostar por lo improbable y hacer póker. Eres una persona poco frecuente, Fernando. Es un elogio.

Te diré otro: eres el tipo de persona con la que hundirse en el océano sería un gran honor, pero mejor lo posponemos y dejamos el fondo marino para las palabras, las armadas invencibles y los peces, y seguimos navegando.

Gracias por tu mano, siempre tendida. Mereces lo mejor que un buen amigo pueda desearte, y tenía ganas de decírtelo donde no puedes frenarme.

 

©Joseba Lopezortega Aguirre, Bilbao, 2014– http://wp.me/Pn6PL-3p