"Fahrenheit 451", imagen del filme de François Truffaut

“Fahrenheit 451”, imagen del filme de François Truffaut

 

Texto publicado en 2008 por el Instituto de Estudios del Ocio, Universidad de Deusto, Bilbao

 

La mente del hombre gira tan aprisa a impulsos de los editores, explotadores, locutores, que la fuerza centrífuga elimina todo pensamiento innecesario, origen de una pérdida de valioso tiempo

Hubo un tiempo en el que algunos pensaron que la imposición de las manos sobre una bola mágica de cristal permitía vislumbrar cosas. Se pudiera pensar que Internet es esa bola ancestral, porque nos inunda de visiones; pero, en realidad, es lo contrario: es la red quien nos ve a nosotros y lee nuestros hábitos, nuestras aficiones y nuestra búsqueda. La red canaliza/capitaliza una buena parte del ocio y del negocio del mundo desarrollado contemporáneo. Y no olvida nada. Y no pierde nada. Representa la más científica y certera de las potenciales formas del marketing, porque conoce cada pliegue de nuestras búsquedas. Aparenta ser interactiva (¿dentro de qué cauces?) y simula ser inagotable y libre. Pero no lo es: es enorme e ingobernable, pero no infinita y libre. Internet no explica, sino que nos explica. No muestra, sino que nos muestrea.

El impacto de la red sobre nuestros hábitos es indudable. Las generaciones que coexisten en nuestra civilización tienen el privilegio de vivir en virtual igualdad de condiciones la imposición de este atractivo conjunto de tecnologías, y quienes ahora alcanzan o rondan la mayoría de edad han crecido con ellas. Es probable que, en su mayoría, no se interroguen demasiado acerca de sus beneficios y perjuicios; y es seguro que no pierden el tiempo teorizándolas, sino que meramente (y gloriosamente) contribuyen a su desarrollo y mutación permanentes. Toda la amalgama digital que conocemos como tecnologías de la información, redes, etc., es una estructura permanentemente tensada por sus usuarios y condenada a perseguir incesantemente nuevos paradigmas. Detenerse en un momento de su evolución para describirlas es tanto como intentar definir una catarata a través de una instantánea fotográfica.

Esta tensión permanente implica que los textos sobre Internet y el resto de materias que le son próximas se comparecen con severa dificultad al poco tiempo de haberse escrito; o, por utilizar una terminología extendida, aunque no del todo afortunada, envejecen mal. Se van a cumplir diez años de la publicación de “La red” , de Juan Luis Cebrián, un trabajo desarrollado a partir de un encargo del Club de Roma; como indicativo, ese trabajo —estimable, por prospectivo y osado, pero genéticamente ajeno a la red en su propio estilo y planteamiento—, apenas presta atención al ocio como campo de desarrollo capital en la red. La explicación que el autor añade al título es elocuente respecto al principio de incertidumbre que acompaña a la literatura sobre esta materia: “Cómo cambiarán nuestras vidas los nuevos medios de comunicación”. De hecho, diez años después, siguen sin ser nuevos; radicalmente, nuestras vidas apenas han cambiado: y lo que ha cambiado de modo imparable es la propia red, de suerte que el libro bien pudiera tener como título: “La comunicación. Cómo cambiarán la red nuestras formas de vida” . Pues lo sucedido en estos años es que la red, lejos de manifestarse como revolucionaria, ha demostrado profusamente una capacidad ilimitada para amoldarse a nuestro modo de vida, entre lo indecorosamente oportunista y lo típicamente parasitario. Y la clave de este amoldamiento está en que muy pocos contenidos se multiplican en diversos canales de difusión: el programa de radio tradicional se escucha en Internet, se graba para escuchar en el Ipod, se sintoniza con el móvil, etc. Todo el innovador sistema de rss, podcast, Itunes y similares son parte de un tejido reproductivo que amplifica pocos focos verdaderamente natos en generación de contenidos. El probable actual paradigma de esta capacidad de las redes para nutrirse y reproducirse sin ofrecer valores productivos estrictamente propios es Youtube (propiedad de Google Inc.). Y la excepción más notable surge del entorno del marketing, que quizás por su carencia de restricciones y escrúpulos de cualquier tipo —fundados o no, pero ese es otro debate— desarrolla iniciativas estrictamente propias de la red en forma de intensos y frecuentemente atractivos experimentos virales. Que los programas de Cuatro se puedan ver en Youtube es un fenómeno reproductivo; que un trabajo de marketing viral triunfe es un fenómeno generativo. Y que millones de personas consuman lo uno y lo otro es un importante rasgo sistémico de nuestra sociedad. Ahora bien, ¿a qué tipo de sistema caracteriza ese consumo?

En el libro de Bradbury que he querido citar al inicio, y que puede entenderse como un alegato extremo a favor del derecho de las personas al libre disfrute del ocio, se produce un diálogo que creo interesante citar in extenso. Hablan Faber, un viejo profesor desechado como un residuo, y Montag, el bombero protagonista, y aquél le dice a este:

– “(…) Bueno, ahí está lo primero que he dicho que necesitábamos. Calidad, textura de la información.
– ¿Y lo segundo?
– Ocio.
Oh, disponemos de muchas horas después del trabajo.”

Si desechamos el complicadísimo debate en torno a la calidad y textura de la información en las actuales redes, asumiendo que en términos generales se asemeja a la irregularidad de la información en los medios tradicionales, lo interesante de ese diálogo estriba en que el viejo profesor Faber fija los parámetros básicos de un análisis de la situación del ocio surgida de las tecnologías de la información: para acceder a la información es preciso el ocio, pero quizás el ocio no está garantizado ni por el hecho de disponer de horas libres tras el trabajo —ni por su empleo en las redes—. Sin embargo, el poco inocente y deslumbrante buscador Google expone determinados síntomas de su propia visión (ideológica) de la red. Cuando introducimos en el buscador la cadena de texto “Universidad de Deusto”, el servidor nos dice:

Resultados 1 – 10 de aproximadamente 735.000 de “Universidad de Deusto”. (0,30 segundos)
Esa información nos dice muchas cosas: la primera, que estar situado entre los diez primeras de 735.000 posibles referencias representa un bien por el que se puede pagar, dado que estar en la posición 115.000 sería (es) tanto como no estar. Por esa razón, llegados a un punto, el propio motor dice:

Para mostrarle los resultados más pertinentes, omitimos ciertas entradas muy similares a los 123 que ya hemos mostrado.
Si lo prefiere, puede repetir la búsqueda e incluir los resultados omitidos.

Si, en cambio, buscamos las cadenas “Universidad de Deusto” e “Instituto de Estudios del Ocio”, la búsqueda se limita a 299 resultados: sigue siendo un volumen de información notable, pero parece abordable. Es decir: mayor es nuestra capacidad previa para saber discriminar qué buscamos, más certero es el sistema. Pero nada en la red garantiza una información mínima acerca de cómo discriminar; ni el propio Google cualifica sus búsquedas, salvo —naturalmente— mediante la ubicación frecuentemente mercantil en las primeras posiciones de la lista de resultados. Es posible que estemos ante la mayor herramienta de acceso a la información (y empleo del tiempo libre) que haya conocido la parte más tecnológicamente desarrollada de la humanidad, pero es seguro que su existencia no garantiza por si misma una sociedad mejor informada. Y es claro que el discurso de los millones de resultados encontrados se limita a objetivar la necesidad de ser accesible en primeras instancias de acuerdo a los criterios de los buscadores, y enuncia el imperio de lo cuantitativo sobre lo cualitativo. Internet como galaxia estadística. Y Google convertida en la empresa más valiosa del mundo , pese al empacho de admitir sin cortapisas un acuerdo con el gobierno de China que estructura la censura de contenidos contrarios a las políticas gubernamentales. Es tanto como decir que 1.300 millones de potenciales usuarios de la red están sometidos a una censura digital cuyos condicionantes son, naturalmente, insalvables para los navegantes chinos. Inevitable recordar cómo una multinacional de la moda, que hace dos décadas publicitaba sus líneas y tiendas con valores multiétnicos, desarrollaba simultáneamente una campaña diferente en la Sudáfrica del apartheid.

El otro valor destacado para Google es el tiempo tardado en encontrar la información: 0,30 segundos para el ejemplo elegido y con las condiciones de navegación del momento de la búsqueda: ¿por qué es importante el tiempo, si es virtualmente insignificante? ¿Por qué, si “disponemos de muchas horas después del trabajo”? La razón es que cantidad y velocidad son valores indisociables de una sociedad enfocada al consumo, con usuarios para los que el tiempo es un valor primordial (más precisamente: no tanto el tiempo como el hecho de no perderlo). Y este es, a mi entender, el elemento clave y contradictorio de la relación entre las tecnologías de la información y el ocio: pues ocio significa, ante todo, tiempo para invertir, para gastar; y no tiempo para ahorrar, representando la minuciosidad cronométrica de Google un valor extraño al ocio, pero intrínseco al negocio.

En 1994, Donald Cardwell escribía: “La tecnología ha sido desde entonces [se refiere al siglo XVII], como lo entendió Bacon con tanta claridad, el instrumento del poder económico y político de las naciones más ricas del mundo” . Si existe un valor objetivo en el viejo libro de Juan Luis Cebrián citado es documentar el interés —relativamente— temprano del pensamiento, la comunicación y la economía orgánicas por la nueva tecnología y su potencial campo de aplicación y explotación. Si en 1998 el fundador de El País se refería en su libro a los usuarios de la red como “gente muy joven, pero también amas de casa, desocupados, personas que no ejercen capacidad decisoria alguna en sus comunidades, individuos que se caracterizan muchas veces por una actitud diletante ante la vida”, más recientemente —junio de 2007— sostenía: “Si ahora tuviera que fundar El País probablemente no sería en papel” . Eso hace pensar que quizás la tipología de los usuarios ha variado sustancialmente a juicio del gran periodista, o más probablemente que las redes han evolucionado hasta desbaratar determinados postulados de una visión que en sólo diez años es vieja, pero que debe valorarse considerando su época y los arcanos de los que surgió. En efecto, con una claridad notable, las “naciones más ricas del mundo”, y sin duda los más importantes grupos mediáticos, saben que una presencia adecuada en estos ámbitos equivale a una profunda superioridad estratégica en un territorio tecnológico amplio y diversificado en el que “la computadora es sólo un medio más, el más versátil, pero no el único; también los teléfonos celulares, la televisión, la radio, los periódicos digitales, etc” . Y es en esta amplitud en la que cabe entender la extraordinaria capacidad de la información digital para extenderse y multiplicarse a través de los distintos soportes, pero partiendo de un número mucho menor de propietarios o creadores de contenido [¿anecdóticamente? diarios como El País, El Correo o El Mundo publican tras cada jornada de Liga la misma crónica de partido servida por EFE]. Lo que realmente se persigue es un negocio que se basa en la multiplicidad de soportes con capacidad para generar millones de euros de ingresos sólo por publicidad. Un informe reciente —abril de 2007— de ZenithOptimedia asegura que la publicidad en Internet superará a la radiofónica en 2008.

Los consultores y estadísticos, especialistas en explicar a través de parámetros el funcionamiento de la red, pueden aportar datos relevantes sobre la trascendencia del ocio en toda esta realidad mutante y creciente. En mi propia experiencia como usuario / cliente de estos sistemas, y en cuanto percibo diariamente a mi alrededor, resulta difícil disociar ocio y trabajo, porque el ocio es negocio. Incluso en determinados juegos en red se desarrollan transacciones financieras e intercambio de bienes con dinero del mundo real. Así, el desarrollo de estas potentes herramientas remite a la explotación colonial de un nuevo continente, sobre el que las distintas potencias actúan controlando terrenos y bienes y estableciendo reglas que favorecen su explotación, abordando la colonización en términos analógicos. Toda la vieja cultura tecnológica impregna nuestro uso de las redes, y la duda estriba en establecer si los usuarios de esas tecnologías alcanzarán la madurez suficiente como para declarar la red un territorio libre, autónomo y autorregulado. Quizás sea así en un futuro. Como escribiera Cardwell, “quizás hayamos alcanzado el límite, pero es más probable que nos encontremos, o nos acerquemos, a la parte más empinada de la subida y que los límites de la tecnología electrónica no estén aun a la vista”. Después de todo, en toda navegación hay una posibilidad insospechada de sumergirse en lo imprevisible. Incluso puede que perdamos el tiempo pensando.

 

NOTAS

BRADBURY, Ray (1982) “Fahrenheit 451”. Barcelona, Plaza&Janés.
CEBRIÁN, J.L. (1998) “LA RED. Cómo cambiarán nuestras vidas los nuevos medios de comunicación”. Madrid. Taurus, Colección Pensamiento.
El título admitiría otras variaciones igualmente útiles o vacuas; imaginar a los sesudos integrantes del Club de Roma intentando vaticinar el futuro de las redes, mientras millares de adolescentes se dedicaban a escribirlo, no deja de producir cierta ternura.
http://es.wikipedia.org/wiki/Google
CARDWELL, Donald (1996) “Historia de la tecnología”. Madrid, Alianza Universidad.
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Cebrian/ahora/tuviera/fundar/PAiS/probablemente/seria/ papel/elpepusoc/20070607elpepusoc_4/Tes
Definición proporcionada por la Information Technology Association of America, ITAA, extraída de http://es.wikipedia.org
Para más información sobre ITAA: www.itaa.org
http://www.zenithoptimedia.com/