Nahia: fragmento

Nahia: fragmento

 

Hay algo misterioso y mágico en las manos arrugadas de un bebé, vistas desde el anverso del espejo maravilloso en el que nos miramos mientras vivimos. En el reverso del mismo espejo también están las manos, y están también arrugadas: son las mismas pero ya ancianas, ya venerables. A veces sabias, siempre ayunas de caricias.

Las pieles arrugadas y sedientas se parecen entre si, y tejen complicidades que sólo ellas conocen y que descifran sin palabras: abuelos y nietos, ancianos y niños. Hay algo dulcísimo en los dedos ya maduros que apenas rozan los frágiles cabellos del recién nacido. Sucede ese encuentro tan propio de humanos cuando los padres de los padres, o los tíos, o las viejas vecinas, llegan a conocer al bebé. Apenas esbozan el gesto de una caricia en la frente, o rozan la naricilla, o acarician el cabello. Es una forma delicada, eterna y universal de bendición, de trasladar nuestros más profundos y mejores deseos, y es también un bálsamo, porque sabernos mortales nos importa menos ante el gozo siempre fascinante de una vida que empieza a correr.

Nace una niña en una noche de parto en Madrid y porta antorchas desde un espacio traslúcido e indescifrable que el vientre tuyo, brava Alejandra, ha convertido afanosamente en camino; y vuestros tíos, arrugados y luminosos, al saberlo se sienten reverdecer y se emocionan en el Levante, donde estos días descansan; y nosotros, vuestros primos, sentimos más al norte un estallido de praderas y arroyos y soles radiantes; todo eso sucede en nuestros pechos cuando al despertar sabemos de ti, Nahia. Es un temblor y una hermosura que nos posee.

La vida se explica en nuestras manos. Ellas recorren por si mismas tantos y tantos caminos: exploran, repelen, atraen, golpean, atrapan dulcemente las cinturas, anticipan, tocan, ayudan a nacer y cierran párpados. Todo eso y más. Y, de una forma tenaz e imperceptible, nuestras manos van creciendo y nos hacen crecer, y nos impulsan hacia un tiempo en el que comenzarán a arrugarse y a buscar la piel y el llanto de un recién nacido, pues ya serán ancianas y precisarán de ese tacto y ese sonido redentores.

Nahia, pequeña e infinita, tan frágil y portadora de tan grandes regalos: gracias y bienvenida.