Gerhild Romberger e Iván Fischer. Foto: © Pablo Cepeda

Gerhild Romberger e Iván Fischer. Foto: © Pablo Cepeda

 

Publicado en Mundoclasico el 29 de agosto de 2016

 

Donostia-San Sebastián, 21/08/2016. 77ª Quincena Musical. Auditorio Kursaal. Gustav Mahler: Sinfonía número 3 en fa mayor. Gerhild Romberger, contralto. Budapest Festival Orchestra. Orfeón Donostiarra (J. A. Sáinz Alfaro, director del coro). Orfeoi Txiki (Esteban Urzelai y Montse Latorre, directores del coro). Iván Fischer, director. Aforo: 1806. Ocupación: lleno.

 

… Sentía en mi butaca que escuchaba por vez primera la Tercera, aunque afortunadamente he sentido esa sensación antes con esta obra

 

En los años en los que trabajó en la composición de la Sinfonía número 3, Mahler vivía envuelto en el universo de “Des Knaben Wunderhorn”, ciclo del que emanan materiales que nutren algunos movimientos de la Tercera y de otras sinfonías. Aspiraba al máximo –ambicionaba- como compositor y como director de orquesta, y ese afán quizá romántico y eminentemente intelectual por abarcar la plenitud marca la colosal obra interpretada en Quincena por Iván Fischer y la Budapest Festival Orchestra.

Iván Fischer respeta la clara vocación programática de Mahler, se apega a ella y sigue su relato, de modo que en su versión la Tercera es una reivindicación de la vitalidad y la ambición del joven Mahler. Decir, como éste hacía, que su composición pretendía compendiar el mundo sería hilarante si no encontrara sustento en su abrumadora genialidad musical. Fischer se ocupa sólo (¿sólo?) de manifestar esa genialidad a través de una orquesta portentosa. La principal virtud de la velada en el Kursaal fue desnudar a Mahler y exhibir su inteligencia e imaginación sonora en cada instrumento, en cada tiempo, en cada melodía y cada sonido. Los grandes maestros hacen nueva la música más trillada y he de decir que, en honor a la verdad, sentía en mi butaca que escuchaba por vez primera la Tercera, aunque afortunadamente he sentido esa sensación antes con esta obra. Siempre se acude a los auditorios en la esperanza del bautismo, y a veces acontece.

La Budapest Festival Orchestra, Iván Fischer y la mezzo Gerhild Romberger han interpretado la obra profusamente en los últimos meses, sin que por ello se percibiera el más mínimo rastro de rutina o hartazgo, así que la Tercera llegaba a Quincena en sazón, soberbia. Me parece importante subrayarlo, porque a raíz de la interpretación de “La Pasión según San Mateo” en la apertura de esta edición de Quincena pude leer opiniones según las cuales era perceptible cierta rutina en una obra demasiado girada por los mismos intérpretes. No pude escuchar a John Eliot Gardiner en el Kursaal, pero me atrevo a decir que tal objeción no se sostiene cuando hablamos de un umbral profesional de primer nivel -y sería, además, maliciosamente extrapolable a los propios opinantes-. Bien, a los mencionados intérpretes se sumaba en San Sebastián el concurso de las mujeres del Orfeón Donostiarra y su agrupación infantil, Orfeoi Txiki, y de ambas formaciones cabe decir que se sumaron fácilmente al nivel de excelencia de los húngaros, ofreciendo una gran prestación. Nacido del universo Wunderhorn, el quinto movimiento en el que intervenían fue alegre y bello y refulgió entre el célebre Misterioso y el gran movimiento final como una isla de inexpresable delicadeza. Magníficas damas las del Donostiarra.

Como viene haciendo, Iván Fischer quiso que los coros salieran al escenario tras la conclusión del primer movimiento. Ese hecho procuró respiro a un público muy exigido por la magnífica exposición que hizo la BFO de la grandiosa naturaleza inerte en la que se posó la mirada de Mahler como inspiración, y que ocupa la totalidad del comienzo de la sinfonía. Llegaron después el minueto y el scherzo, para mí los más redondos de la noche, con Fischer y la orquesta en un plano de excelencia, y con un solista de posthorn de auténtico deleite. Todo obedecía a ese sencillo programa mahleriano según el cual la vida comienza a brotar y evolucionar a partir del segundo movimiento, y Fischer respetaba y reconstruía respetuosamente ese imaginario hasta llegar al mencionado Misterioso. De la mezzo Gerhild Romberger hay que decir que exhibió una voz bellísima, tersa y sabia, de una madurez hermosa y casi dulce, y que con su concurso el movimiento resultó alegre y vital, acentuando la vocación optimista de Fischer al enseñar que el colosal canto a la naturaleza que supone esta sinfonía es, ante todo, una apuesta por la vida y sus colores, un canto maravilloso a una naturaleza de inagotable entidad. Música del lado de la vida.

La ejecución del sexto y último movimiento fue igualmente magnífica y arrebató al público, un público que incomprensiblemente interrumpió con sus aplausos entre movimientos (cuando el maestro se permitió hacer pausas) y que al final vitoreó fuertemente a todos los ejecutantes. Era el justo reconocimiento a una Tercera memorable por de nuevo descubierta, que probablemente permanecerá en la memoria de los aficionados y a buen seguro en la historia de la Quincena Musical.