Publicado en Opinión, de El Correo, el 17 de marzo de 2026

Durante décadas, la ceremonia de los Oscar fue uno de los grandes rituales televisivos del planeta. Hoy ya no lo es: la retransmisión está lejos de las audiencias que llegó a congregar en los años noventa. Y, sin embargo, la gala sigue siendo uno de los acontecimientos culturales más influyentes del año.

La razón es estructural: los Oscar han perdido peso como evento televisivo para convertirse en un detonador de conversación global. Millones de personas comentan, ven fragmentos de discursos o debaten una película sin haber seguido la ceremonia. El impacto ya no se mide en el seguimiento del directo, sino en la ola cultural que genera después en las redes y en los ecos mediáticos que prolongan la gala durante días. Este cambio de paradigma se produce en un contexto de retroceso probablemente irreversible de la televisión tradicional. Que pronto la ceremonia se retransmita íntegramente por YouTube responde a un ecosistema donde la audiencia busca y fragmenta el contenido a su antojo.

Ese contexto ilustra la posición delicada en la que se encuentra la industria del cine. El deporte vive de su propio mercado interno: la Super Bowl puede permitirse ciertas provocaciones porque el fútbol americano es, esencialmente, una religión doméstica. En la música, un artista puede llenar estadios en medio mundo sin depender de tratados comerciales.

El cine, en cambio, está mucho más entrelazado con Washington. Su economía depende de incentivos fiscales para los rodajes, de la protección jurídica de la propiedad intelectual -cada vez más crucial frente al avance de la inteligencia artificial generativa- y de la capacidad de Estados Unidos para abrir mercados. El cine es históricamente una de las grandes herramientas de influencia cultural norteamericana, pero sus hilos económicos confluyen hoy en el Despacho Oval, donde aguarda un presidente irascible e impredecible, una combinación como mínimo inquietante.

En ese marco, esta edición llegaba ya cargada de trasfondo político antes de abrir el primer sobre, en las propias candidaturas. El cine es una industria gigantesca, pero también el lugar donde nuestra época se mira al espejo. Y Hollywood cuida ese equilibrio: por eso la alfombra roja y la denuncia política coexisten sin aparente contradicción.

El palmarés de este año confirma esa tensión entre industria y discurso cultural. La Academia se resiste a alinearse dócilmente con el poder que ocupa la Casa Blanca y ha decidido avalar una lectura crítica y valiente de las fracturas de nuestro tiempo al otorgar el premio a la mejor película a Una batalla tras otra, una obra de indudable carga política. Es un reconocimiento que valida el cine como herramienta de denuncia en un momento de especial tensión y sensibilidad social.

El palmarés también ha servido para reivindicar el orgullo de la vieja guardia. En un momento en el que Warner Bros se encuentra en pleno proceso de venta, haber logrado 11 Oscar es un recordatorio del poder que aún conservan los grandes estudios frente al empuje de las plataformas. Al batir ampliamente a Netflix, Warner no solo ha engrosado sus vitrinas, sino que ha enviado un mensaje a sus posibles compradores: el valor de un estudio sigue residiendo en su capacidad para leer la industria y orientar la narrativa cultural.

La ceremonia, por su parte, dejó diversos momentos en los que la política afloró en el protocolo del espectáculo, con un tono general más abiertamente crítico que en la edición anterior. El monólogo de Conan O’Brien y diversas intervenciones pusieron el foco en el narcisismo del presidente Trump, jugando con el enfrentamiento dialéctico ya desde la propia alfombra roja. La intervención de Javier Bardem, luciendo una pegatina con el lema «No a la guerra» -cuya carga simbólica funciona de forma distinta desde España que desde el propio Dolby Theatre de Los Angeles-, queda como el gesto político más explícito de la edición.

Había cierta expectación ante la candidatura de Sirât, de Oliver Laxe, al Oscar a la mejor película internacional, con el mérito añadido de optar también a mejor sonido. Aunque la estatuilla haya sido finalmente esquiva para Laxe, la relevancia de su presencia internacional es indiscutible, en una noche que marca un hito en el reconocimiento al talento femenino con el primer Oscar a la mejor fotografía para una mujer, Autumn Durald Arkapaw.

El ritual colectivo que tuvieron los Oscar durante el siglo XX se ha fragmentado, pero, paradójicamente, nunca se ha hablado tanto de cine como ahora. Las películas siguen siendo una de las formas más poderosas de interpretar el mundo. Y los Oscar, con todas sus contradicciones y su tensa relación con los despachos de Washington, siguen siendo el escenario donde buena parte de la necesaria conversación global se pone en marcha.