
Publicado en el suplemento cultural Territorios, de El Correo, el 17 de enero de 2026
La coincidencia del bicentenario de Juan Crisóstomo de Arriaga con los cuarenta años de la reapertura del Teatro Arriaga invita, más que a una celebración ritual, a una reflexión sobre el lugar que ocupa hoy la cultura en la identidad de Bilbao. El compositor Arriaga y el Teatro son, sin duda, dos motivos de orgullo, pero ese orgullo solo tiene sentido si se entiende como un compromiso activo y un reto, no como una contemplación nostálgica del pasado.
Música y teatro son, ante todo, espacios de expresión creativa. Cada nota de Arriaga, una palabra pronunciada sobre el escenario, cada silencio y cada ovación no se disuelven en el aire, sino que se inscriben en las molduras y telas del edificio. El Teatro Arriaga es un instrumento de memoria y resonancia. Como ocurre con la madera de los instrumentos de cuerda, sus muros han aprendido a vibrar con el tiempo, asumiendo las luces y las sombras de la historia de la ciudad. Es un cuerpo que ha envejecido, que sufrió la herida del agua y que se ha reparado, mientras las partituras de Arriaga han permanecido jóvenes e inmutables.
En estos cuarenta años, el Teatro ha vivido una transformación que refleja nuestra propia transformación ciudadana. Cuando se reabrió tras las inundaciones, no estaba permitido pisar la nueva alfombra. Era una cultura de vitrina, propia de esas casas donde las copas de cristal se reservan para ser exhibidas en un mueble, nunca usadas. Desde entonces, Bilbao ha transitado de esa ingenua sacralización a la apropiación democrática, de la distancia reverencial —y cursi— a la cercanía cotidiana. Un teatro que se puede pisar y habitar es la mejor forma de honrar el espíritu de Arriaga: un genio que, con una insolencia creativa radical, proyectó tempranamente una obra universal desde sus condicionantes locales.
Es elocuente y hermoso que Arriaga naciera a escasos metros del actual emplazamiento del Teatro. Compositor y recinto forman un corazón simbólico, un órgano vital que bombea sentido al conjunto urbano. A lo largo de los años, el Teatro ha visto esvásticas en los palcos y ha sido testigo de algunos hitos fundacionales de nuestra democracia. Esa memoria nos recuerda que, mientras los usos del poder son pasajeros, el arte y la cultura permanecen como puntos de apoyo desde los que pensar críticamente el presente.
De ahí que, junto al orgullo, la doble efeméride nos recuerde la importancia de una exigencia vigilante. El verdadero desafío no es solo mantener abierto el edificio, sino asegurar que siga siendo un espacio de interpelación y no un mero reflejo complaciente de nosotros mismos. La verdadera historia del Teatro no reside en el mármol, sino en su condición de espacio habitado. Como sucede con la música, que solo existe cuando encuentra un oído que la acoge, nuestro magnífico Teatro Arriaga cobra sentido cuando la ciudadanía lo habita, lo disfruta y, al hacerlo, le infunde la única cultura que vale la pena: la que se construye y se usa, no la que se contempla.





