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Somos muchísimos. No podemos aceptar la etiqueta de minoritarios. Casi 1000 veces se ha interpretado Beethoven -con la máxima exigencia- sólo en  Bilbao y con la sinfónica de la ciudad en el último siglo. Pocos grupos o autores pop pueden sostener esa cifra, o siquiera verla de lejos.

En un mes en el que coincidan en Bilbao la ópera de OLBE-ABAO con cuatro representaciones, dos abonos completos de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa (cuatro conciertos), tres sesiones en la Filarmónica y un concierto de la Sinfónica de Euskadi, y dejando de lado la posible coincidencia con otros programas en los teatros Arriaga o Campos, habrán escuchado música clásica en directo unas 20.000 personas. En un mes. Sólo en Bilbao. En el mundo somos muchos, muchos millones los que seguimos la clásica de forma activa. Y muchos mas los aficionados que gustan de escucharla.

Hay que tomar el pulso a esa fuerza para explotarla. Las orquestas no pueden intentar atraer nuevos públicos comunicando que las entradas son muy baratas, sino reivindicando y potenciando su alto valor añadido. No podemos escuchar impávidos que el público de los conciertos es viejo y no se renueva. Llevo casi cuarenta años asistiendo a conciertos y siempre he visto gente de mediana edad a muy mayor, pero obviamente, señoras y señores: no son los mismos viejos.

Algo más, para acabar este primer post. El modo en que los medios de comunicación de masas menosprecian o sencillamente ignoran la música clásica, la triste situación de la crítica musical en nuestros diarios generalistas, etc., nos permite reivindicar algo importante, y que llena de orgullo: somos nosotros los revolucionarios, los outsiders, los que enfrentan el sistema adocenador que asfixia a la industria musical del ocio y la cultura. Beethoven, Brahms, Scarlatti, Schoenberg, Wagner: he ahí algunas de las orgullosas banderas del libre pensamiento musical, las que verdaderamente articulan nuestra cultura y expresan nuestra civilización más allá de las modas y las listas de éxitos. Por muchos años.